9.9.12

24° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata

El 7 de noviembre se inauguró el por varias veces interrumpido Festival Internacional de Cine de Mar del Plata en su 24° edición. Creado en 1954, no tuvo continuidad sino hasta 1959, cuando la  Federación Internacional de Asociaciones de Productores de Films (FIAPF) le otorgó la categoría A, que ostenta con orgullo como único en Latinoamérica.

Sin embargo, en esta edición ha dejado de lado las directrices de la FIAPF para permitirle concursar a películas que ya habían perdido su cualidad de inéditas. Así que para algunos no hubo muchas sorpresas este año, en que la organización del festival tuvo un recorte presupuestario bastante importante, por lo cual no contó con el acostumbrado elenco de invitados internacionales que suelen darle glamour a la edición. Para quienes vamos a ver películas y a descubrir talentos, eso no tiene mayor importancia, aunque las ruedas de prensa y las entrevistas sí podrían haber enriquecido la información sobre las distintas películas.

Taking Woodstock (Ang Lee, 2009)

Mientras que a finales de los sesenta, en Latinoamérica se vivía la euforia revolucionaria, cuyo modelo representaba una joven Cuba, en los Estados Unidos, esa euforia se volcó hacia un movimiento que surgió como reacción a una política segregacionista, a un feroz capitalismo y a una política colonialista, que vio su mejor expresión en la guerra de Vietnam.

El movimiento hippie y el flower power surgieron como una corriente renovadora, que movió las estructuras de la anquilosada sociedad norteamericana, que había logrado al fin un estilo de vida soñado. Los jóvenes daban, así, el portazo a los avances del gigante del Norte, que como Superman velaba por la "libertad y la justicia" en un mundo que se disputaba con aquel otro monolito que constituía la Unión Soviética.

Nothing Personal (Urszula Antoniak, 2009)

Primera aventura con sesgo autobiográfico, road movie desde Amsterdam hasta Connemara, en Irlanda. Ópera prima de Urszula/Anne (Lotte Verbeek), con Stephen Rea y tonos musicales de Ethan Rose. Camino andado/desandado hasta encontrar/perder lo que buscamos.

Rojo

Clausurar el pasado, dejarlo atrás... viajar sin mochila, con lo puesto, con el futuro incierto, en busca de la nada, ni siquiera de la paz.

Ir tras la anonimia en planos generales. Confundirse con la geografía agreste, donde el viento sopla con fuerza o las rocas son testigos mudos de esa búsqueda.

Adiós, Iván Zulueta

Pensar en cinefilia es pensar en Iván Zulueta... Ese director de escasas dos películas (Un, dos, tres, escondite inglés y Arrebato) filmadas bajo el franquismo, logró ser incluido en la historia del cine español gracias a su film de culto.

Arrebato fue realizada entre amigos, con escasos recursos, pero con imágenes que, creo, no han sido superadas. Es la película que mejor representa el vampirismo que ejerce el cine sobre quienes lo consumimos; esa especie de éxtasis, a la manera de la Teresa de Jesús de Bernini, entre placentero y doloroso, que nos consume frente a imágenes que hacemos nuestras.

Iván se retiró de esta vida dejándonos cantidad de carteles, que fue su actividad ininterrumpida, y Arrebato, un precioso legado a quienes amamos el cine.

Publicado originalmente en Kinephilos, 30 de diciembre de 2009.

Ascenseur pour l'echafaud (Louis Malle, 1957)

Con la posguerra, los europeos llegados a Hollywood propiciaron el desarrollo de un género cinematográfico, el cine negro, que se identificó con algunos rasgos de la estética del expresionismo alemán, como la iluminación, que permitía definir las características psicológicas de sus personajes, o la angulación de la cámara, que indicaba su condena o su salvación. En el film noire, no hay "buenos" o "malos", sino seres que habitan una sociedad corrupta, en la que la supervivencia viene de la mano del cinismo, la frialdad de las emociones y la violencia. Esa es la temática que escogieron aquellos inmigrantes de los años 30-40 (Fritz Lang, Michael Curtiz, Josef von Sternberg, entre otros), iniciando un género que tendría su máxima expresión en El halcón maltés (The maltese falcon, John Huston, 1941), inspiración de los jóvenes franceses que defendían en los años 50 el cine de autor, frente al cine de los guionistas, pues el baremo con el que se medía la calidad de una película no era su puesta en escena, sino la calidad de la obra literaria que la inspiraba.

5.6.12

José Luis Guerin en Barcelona


El barrio del Raval concentra a una variada juventud: universitarios, chicos que gastan sus horas haciendo piruetas sobre una patineta y muchachos que visten con el gótico más oscuro. Tiene su encanto, porque está al margen de la zona más visitada de la ciudad, que está del otro lado de la Rambla. Es un barrio que no le debe nada al turismo y se muestra en su más completa espontaneidad, aunque mantenga la barcelonesa combinación de antigüedad y modernismo.

Sus calles tortuosas, sus paredes muy grises y desgastadas, me llevaron a un espacio abierto, donde se lucen tanto el Museo de Arte Contemporáneo como el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Debo reconocer que este segundo espacio llamó mi atención y la ocupó durante casi toda la mañana.

Chaplin en Barcelona


Una de las materias que cursé en la Universidad fue "Evolución del lenguaje cinematográfico". Mi profesor, Alfredo Roffé, nos sorprendía cada clase con algún film desconocido para nosotros. Cierta vez me encontré llorando, sin lograr que las lágrimas cesaran, al visionar una película que había visto innumerables veces en mi infancia, cada domingo, cuando mi tío nos llevaba a mis primos, a mi hermano y a mí al cine para aliviar la sobremesa dominguera de tanto bullicio.

Éramos cinco chicos que ingresábamos al Teatro Independencia, de Mendoza, con la película ya comenzada. Siempre llegábamos cuando un oso sorprendía a Chaplin en un paisaje nevado. Reíamos con las ocurrencias de ese personaje que convertía la suela o los cordones de sus zapatos en un suculento almuerzo, gracias a la mímica elegante del actor británico.

Cuando Roffé nos proyectó La quimera del oro, reconocí aquella película de mi infancia, que hasta entonces no tenía nombre, y ese fue el motivo de mi llanto incontenible.

Hoy tengo una mirada crítica hacia el cine de Charles Chaplin, sobre todo por su esquematismo que sitúa al vagabundo del lado de los buenos, y a los feos y gordos del lado de los malos, pero debo reconocer no sólo su talento, sino también su genialidad. Es un verdadero autor (me niego a hablar de él en pasado, y mucho menos después de haber visto la exposición que ofrece Caixa Forum), pues no sólo dirigió y actuó sus películas, sino que también las produjo, las guionó y hasta compuso la música que debería acompañar su proyección, en una carrera que duró más de cincuenta años.

Si alguna vez vi en la obra de Chaplin la simplificación del bien y del mal, pienso también que este autor es un verdadero testigo del siglo XX.

Ploy (Pen-Ek Ratanaruang, 2007)


Una pareja en la cabina de un avión. Ella dormita, él se abandona a sus pensamientos con la mirada perdida.

La misma pareja en el ascensor de un hotel internacional. Él dormita apoyado sobre ella.

Una habitación de hotel en penumbras. El baño. Colores neutros. Asepsia.

La historia podría suceder en cualquier ciudad. Pero unas líneas del diálogo nos dicen que esta pareja viajó desde los Estados Unidos hasta Bangkok para asistir a un funeral.

El bar del hotel. El hombre bebe. El barman conversa con él. Una joven mochilera oye (y nos hace oír) música. Delgada, desgarbada, con una apariencia descuidada, se acerca al hombre. Nos enteramos que se llama Ploy y que espera a su madre, que debe llegar de Estocolmo.

Luis Ospina en el Bafici


Desde que los hermanos Lumière comenzaron a registrar con su cámara tomavistas las escenas cotidianas y que a Georges Méliès se le atascó la cámara, produciéndose el primer truco cinematográfico, ha pasado bastante tiempo. Sin embargo, la insistencia en delimitar los espacios que ocupan el documental y la ficción en el cine siguen siendo motivo de debates interminables. Mientras tanto, hay un realizador que, frente a esa dicotomía, viene dándose el gusto de expresarse en uno y otro género. Desde 1964 se suma al debate de los teóricos, proponiendo obras contestatarias, cargadas de un humor políticamente incorrecto.

Con un espíritu eternamente adolescente, su extensa obra guarda una fuerte coherencia. En el BAFICI 2008 mostró apenas una parte de su cine, pero justamente esas tres películas que exhibió nos permitirán hablar de ese singular autor colombiano que es Luis Ospina.

Aniceto (Leonardo Favio, 2008)


Aniceto... Cuesta hablar de Aniceto, porque tiene la frescura de los ojos jóvenes con que Leonardo Favio filmó Esta es la historia del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza… y unas pocas cosas más, y a la vez, la madurez del veterano, de ese Favio que ya ha rodado su décima película.

Aniceto es producto de toda esa experiencia, pero a la vez es algo nuevo. Remite a la primera versión, y sin embargo, estamos ante otra película.

La misma historia, los mismos escenarios, el mismo drama… El cuento del triángulo amoroso narrado a través de las acciones de los personajes, pero comentado por el baile, a modo del coro de las tragedias clásicas.