5.6.12
Aniceto (Leonardo Favio, 2008)
Aniceto... Cuesta hablar de Aniceto, porque tiene la frescura de los ojos jóvenes con que Leonardo Favio filmó Esta es la historia del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza… y unas pocas cosas más, y a la vez, la madurez del veterano, de ese Favio que ya ha rodado su décima película.
Aniceto es producto de toda esa experiencia, pero a la vez es algo nuevo. Remite a la primera versión, y sin embargo, estamos ante otra película.
La misma historia, los mismos escenarios, el mismo drama… El cuento del triángulo amoroso narrado a través de las acciones de los personajes, pero comentado por el baile, a modo del coro de las tragedias clásicas.
Aniceto (Hernán Piquín), feliz, celebra su conquista con saltos y giros interminables, mientras la cámara se ensimisma en la camisa blanca, que de tantas vueltas se funde con las alas de su gallo (el Cenizo), que en el reñidero lleva adelante una pelea sin cuartel.
Vemos el cuarto del Aniceto y nos ubica en el cuento de Zuhair Jury que ya Favio filmó. Es la misma habitación, que irá adquiriendo vida con la llegada de la Francisca (Natalia Pelayo) y calor con la Lucía (Alejandra Baldón). Ese cuarto de piso de tierra, el gallo atado a la cama y una ventana rota, con la puerta abierta y la vida allá afuera.
No se nos escamotea el escenario falso y, sin embargo, estamos en la Mendoza de las acequias, de los sauces llorones a la vera del camino, con la montaña, allá a lo lejos, los álamos alineados y los gitanos que llegan con el verano… Y la música, que ambienta, comenta y ocupa el lugar del diálogo.
La mirada limpia de la Francisca, la mirada pícara del Aniceto y la mirada apasionada de la Lucía forman el eje donde se arma el conflicto. El paralelismo entre Aniceto y el gallo, entre la riña y la conquista, entre una herida y otra herida son más que significativas.
En la escena de amor entre el Aniceto y la Lucía, los cuerpos nerviosos, recortados sobre negro con luz cenital, la música y el baile apasionado nos envuelven en un sentimiento que no tiene retorno.
La figura de la Francisca, recortada en la puerta de la pieza, apenas abrigada con un saquito celeste, que recuerda a la Gala de Dalí, de espaldas, asomada por la ventana. Y el baile con que nos transmite su desconsuelo y desolación. La profunda tristeza en que nos sume después de su baile solitario.
Las actuaciones son soberbias, pero no quiero detenerme en ellas. Es la puesta en escena la que me fascina, me inunda el alma de una manera casi iniciática.
Hay que verla, no alcanzan las palabras, tampoco las descripciones, ni siquiera las imágenes solas. Leonardo Favio logra emocionar con una propuesta que trasciende el teatro, el ballet, porque es totalmente cinematográfica. Hoy, cuando el cine digital deja boquiabiertos a los más chicos, cuando Saura ya intentó todo con el baile, Favio alcanza y supera las cotas de su trilogía inicial.
Liliana Sáez
Publicado originalmente en Kinephilos, 23 de junio de 2008
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