El 7 de noviembre se inauguró el por varias veces interrumpido Festival
Internacional de Cine de Mar del Plata en su 24° edición. Creado en
1954, no tuvo continuidad sino hasta 1959, cuando la Federación
Internacional de Asociaciones de Productores de Films (FIAPF) le otorgó
la categoría A, que ostenta con orgullo como único en Latinoamérica.
Sin embargo, en esta edición ha dejado de lado las directrices de la
FIAPF para permitirle concursar a películas que ya habían perdido su
cualidad de inéditas. Así que para algunos no hubo muchas sorpresas este
año, en que la organización del festival tuvo un recorte presupuestario
bastante importante, por lo cual no contó con el acostumbrado elenco de
invitados internacionales que suelen darle glamour a la edición. Para
quienes vamos a ver películas y a descubrir talentos, eso no tiene mayor
importancia, aunque las ruedas de prensa y las entrevistas sí podrían
haber enriquecido la información sobre las distintas películas.
El certamen ofreció tres niveles de competencia: internacional,
latinoamericano y argentino. Llamó la atención la cantidad de cintas
hispanohablantes en la primera de las categorías. Paralelamente, se
llevaron a cabo actividades referidas a la producción, a la crítica y a
la proyección en 3D. Nosotros hemos cubierto una selección de la más que
latina Competencia Internacional y de Panorama, que ha demostrado un altísimo nivel. A saber...
Cinco días sin Nora. El Astor de Oro fue adjudicado al
film de la directora mexicana Mariana Chenillo. Una película que ya
venía premiada, lo cual contradice el espíritu de la categoría del
festival. Se trata de una historia de humor negro, correctamente
filmada, con detalles cuidados y personajes parejos... Aunque uno de los
temas que trata es el de la religión y todos los intereses que se
mueven a su alrededor (la fe, las tradiciones, la posición económica y
social, etc.), podemos decir que no desbarranca y mantiene su pulso. El
personaje que le da el título al film apenas aparece. Sin embargo,
estará presente durante toda la película. El ritual que ha ideado se
llevará a cabo cueste lo que cueste. Durante cinco días conoceremos a
todos los que han rodeado a Nora en vida, y se develarán sus tortuosas
relaciones. La escena inicial de la puesta de la mesa recuerda el
comienzo de La edad de la inocencia (Martin Scorsese). Es que la
película bebe de esa fuente de inspiración, aunque aquí no exista el
narrador que explique el cinismo de la familia. Un film correcto,
cuidado, con cierto sentido de humor, al que, a nuestro modo de ver, le
falta algún condimento para que se vuelva trascendente. Quizá los
premios recibidos vengan a llenar esa falencia
Vikingo, el film del argentino José Celestino Campusano,
que se llevó la Primera Mención, roza lo bizarro, con esa historia
doblemente marginal de la pobreza y lo tribal urbano, propio de los
"motoqueros". Esa fauna que se reúne a la vera de los caminos, en
campamentos donde están presentes el asado, la cerveza y la música
metalera. Lejos de los motociclistas norteamericanos, de cabellos
largos, vinchas hippies y mucho músculo, los de Campusano son buscavidas
que en sus ratos de ocio hacen de la salida motoquera un ritual del
clan, en el que incluyen a sus mujeres e hijos, así como a sus mascotas.
El Vikingo tiene una familia y una pasión: su moto. Aguirre, su nuevo
amigo, aparece en su historia para poder justificar un modo de ver la
vida, ya sea por sus largas conversaciones de hombres solos, al lado de
los "fierros" o acompañados por una cerveza (insistente intercambio
publicitario con una famosa marca), Aguirre es la "oreja" que escucha de
los valores de Vikingo o de sus limitaciones en la educación de un
sobrino que "se le escapa de las manos". La violencia juvenil, la droga,
el alcoholismo, la violencia hacia las mujeres... serán contrastados
con los verdaderos valores del noble Vikingo y el misterioso Aguirre: la
amistad, la familia, el honor, y esa lucha por la supervivencia bajo un
sistema de vida que les da libertad, aunque por otra parte, los
condene. Las mujeres funcionan como bienes de uso, más que como
compañeras de vida. Los hijos son presencias veladas, seres con un
futuro incierto, jóvenes que caminan al borde de la cornisa... Con
algunas cuotas de humor en una historia de seres desdentados, oscuros,
parias que se unen para disfrutar su ocio, ahogando las penas en el
alcohol y la música, con unas mujeres que intentan divertirlos, pero que
están a años luz de las modelos publicitarias y con una estructura
confusa, donde los flashbacks, distribuidos a lo largo del film, apenas
funcionan hacia el final, para componer el misterio de Aguirre,
Campusano ha logrado transmitir con sinceridad la realidad grotesca que
viven estos seres suburbanos. Hay sinceridad en esta obra con actores no
profesionales, con locaciones reales, con pasiones auténticas, cuya
temática casi parece obsesiva, si atendemos sus cortos Ferrocentauros (1991), Culto suburbano (2000) o Legión, tribus urbanas motorizadas (2006).
Mal día para pescar, del uruguayo Álvaro Brechner, cuenta
la historia de dos buscavidas perdedores. Jacob von Open, el boxeador
alemán con escasa capacidad mental y músculos exagerados y su
representante, un avivado español que se hace llamar Príncipe. Si bien
el film plantea desde el principio su desenlace, nos restringe cierta
información que modificará su lectura. Los arreglos para el triunfo de
Jacob en una pelea que será definitiva no darán el resultado esperado y
se complicará el plan ideado por su promotor. Brechner desarrolla su
discurso con corrección acerca de la famosa viveza criolla que tiene
como trasfondo la bondad de los personajes y una noble causa. La vida en
un pueblo pequeño, con sus habitantes sencillos, así como la
simplicidad de las cosas, que se oculta detrás de la ambición
aparentemente desmedida, le darán a Brechner material suficiente para
componer una historia aparentemente trágica con un delicado sentido del
humor. No desentona en el conjunto de la competencia, pero tampoco llega
a un nivel como para obtener más premio que el otorgado a su gracioso y
talentoso actor español: Gary Piquer.
El cuerno de la abundancia, de Juan Carlos Tabío, se llevó
los aplausos del público en su exhibición y un justo Premio de Jurado y
Premio del Público. Es que esta comedia cubana repasa la situación de
la isla, a través del retrato pintoresco de una familia que se cree
acreedora de una herencia dejada por un antepasado "maiamero". Con
diálogos hilarantes y una interpretación pareja, presenciamos esta
pintura del sueño cubano de tener un nivel de vida menos deteriorado.
Una galería de personajes nos muestra las distintas caras de esa Cuba
resistente al bloqueo que sufre desde hace medio siglo: la pareja que
necesita espacio propio, el revolucionario que desconfía de todo lo que
no sea del Estado, los jóvenes con su amor a flor de piel, los parientes
ricos y los pobres, los encumbrados y terrenales, los que tienen
contactos políticos y los que carecen de ellos... Todos luchan por lo
mismo, dejando en evidencia la aspiración de poseer algo que les pueda
asegurar una mejor vida, un mejor futuro, pero sobre todo, un mayor
brillo a su apellido. La Habana luce como detenida en los años 50, pero
con el deterioro del tiempo pasado. Paredes descascaradas, cañerías
rotas y a la vista, trapos que intentan marcar un territorio de
intimidad o un techo que se cae y golpea a los habitantes. La Habana,
como su gente, como Cuba misma, ya no da más. Hacen falta aires nuevos y
la herencia podría ser perfectamente, una metáfora del levantamiento de
ese boicot que la ha suspendido en su historia. Entre la tradición y el
afán por sobrevivir, entre sobrevivir y resurgir, estos personajes
muestran aquello que quizá haya dejado esa revolución: el espíritu
mancomunado, la lucha persistente, el recuerdo de un tiempo mejor.
Políticamente correcta, El cuerno de la abundancia nos introduce
en ese clima cálido, en el bullicio caribeño, en el caos alegre, en ese
"despelote" que Tabío tan bien ha logrado transmitir. Una pena que hacia
el final, en la disparatada lucha por tener el control de su futuro, el
curso del film se salga de cauce y nos deje alborotados, mareados,
aunque sonrientes, con tanto desmadre.
La vergüenza, del español David Planell, nos habla de uno
de los temas recurrentes en los filmes exhibidos en el festival (sobre
todo en las secciones paralelas), el de la maternidad. La acción se
reduce, en su mayoría, a interiores de la casa de una pareja, donde se
discute su aptitud como padres de un niño adoptado. Pero no es sólo ese
el tema que confrontan con la visitadora social, sino también la
inmigración, la maternidad, las exigencias de las responsabilidades, el
egoísmo y la libertad. La figura del niño será el centro alrededor del
cual funcionarán las distintas líneas narrativas, dándole al film un
carácter multifacético centrado en un entorno cerrado y a través de la
conversación entre tres personas. Ese triángulo permitirá mostrar los
distintos lados de lo que aparecerá más como un poliedro que como una
figura plana, lo cual se agradece. Si bien las actuaciones son
irregulares (destacándose especialmente Marta Aledo como la visitadora
social y Alberto San Juan como el padre postizo), el film adolece de
algunas incorrecciones como saltos de eje o desequilibrio entre lo que
sucede en torno a la madre biológica del niño y la pareja adoptante. Con
una resolución posible, Planell nos pasea a través del film por los
distintos argumentos que se suelen tejer en torno a la responsabilidad
parental.
Eden a l'ouest es una road movie en tono de comedia ligera
con trasfondo social y crítica política. La última película de Costa
Gavras nos habla sobre la inmigración en Europa. Si bien, aparentemente,
el film navega las aguas (nunca mejor dicho) de la comedia, dando una
sensación de superficialidad, en los aspectos más secundarios de la
trama, podremos encontrar el sesgo crítico de este autor, que se ha
caracterizado y sobresalido por su cine de denuncia (no podemos olvidar
sus Missing, Z o Estado de sitio). Los altercados
que sufre Elías, que desembarca en las islas griegas y se dirige a París
(no se nos dice de dónde viene, lo cual no tiene ninguna importancia,
pues los distintos visitantes obligados que recibe Europa, sean del
Este, de Asia, de África, de Latinoamérica... deben pasar situaciones
semejantes), a veces disparatados, no dejan de proponernos una lectura
más ácida sobre el rol de cada uno frente al prójimo, su respeto, su
honorabilidad y su necesidad. El mundo de los hoteles lujosos, del
trabajo ilegal, la estafa, la subestimación, el desprecio... pero
también el amor casual, la solidaridad, la comprensión... son distintos
sentimientos con los que se encontrará nuestro personaje. Si bien en el
mundo ha triunfado el capitalismo, y con él, la democracia, no es eso lo
que vemos en las situaciones que viven estos seres que llegan en busca
de un mejor vivir en las metrópolis que alguna vez los han colonizado.
Away we go, la última película de Sam Mendes incursiona en
la temática de la maternidad en el mundo que vivimos. También estamos
ante una road movie, en este caso es una pareja embarazada que busca
dónde establecerse. Así irán visitando a lo largo y ancho de
Norteamérica a sus familiares y amigos, para descubrir que ninguno es
apto para tenerlos de vecinos. Así, recorren Chicago, Alaska, Phoenix,
Tuckson, Madison, Miami... donde encuentran familias naturistas,
conflictuadas, despreocupadas, impotentes... para llegar a la conclusión
que la paternidad les toca a ellos y sólo son ellos quienes tendrán que
hacerle frente, con su inexperiencia -como lo han comprobado- propia.
Las distintas secuencias nos pasean por un muestrario de familias
modernas, funcionales, disfuncionales, responsables, inmaduras... para
llegar a la conclusión de que no hace falta nadie para ser padres. Sólo
la voluntad de encarar la responsabilidad que viene. Si existe un
mensaje, ese es el que nos propone Mendes en su film, y lo hace
instalando la alegría en el espectador, quien descubre que al reírse de
las distintas situaciones, se está riendo de sí mismo, pues el
muestrario de familias es tan amplio, que todos encontrarán dónde
identificarse.
Castaway on the Moon, de Lee Hey-yun, aunque inspirada en
un gastado Robinson Crusoe, esta fábula coreana moderna del aislamiento
en un mundo copado por los aparatos electrónicos para facilitar la
comunicación, nos alegró la vista/vida. Una historia (una más) de
encuentros y desencuentros, donde el apabullante mundo de altos
edificios, automóviles y tecnología no impiden el aislamiento como
accidente y la supervivencia como necesidad última y primera del hombre.
La búsqueda de una solución en un mundo que despersonaliza a los seres
humanos cada vez más, les permite a un hombre y a una mujer encontrar la
solución a sus temores. Aunque en el film haya referencias a Cast Away (Robert Zemeckis, 2000) y a La ventana indiscreta
(Alfred Hitchcock, 1954), con una puesta en escena moderna y vistosa,
dos personajes magníficos, de los cuales vamos a saber muy poco, y una
historia que podría escribirse en dos líneas, Lee Hey-yun compone la
película más original y esperanzadora del festival.
Un prophete, la multipremiada cinta de Jacques Audiard
elevó el nivel de la muestra. Esa historia del encierro en la cárcel,
del tráfico de influencias, del paso del poder de mano en mano, de
pequeña sociedad dentro de un espacio limitado, marcó un punto alto en
la selección de los organizadores. La película de Audiard brilla por
esos espacios azules y blancos, por la interpretación soberbia de Tahar
Rahmin y ese universo en constante peligro en el que debe moverse el
personaje de Malik.
Moon, la esperada película de Duncan Jones
pisó finalmente pantallas argentinas y tuvo gran éxito de público. La
historia de ese androide que convive consigo mismo en el interior de una
base espacial acompañado de un robot con expresiones de emoticones ha
revivido en sí misma una cantidad de filmes referenciales -Alien, Blade Runner o 2001, una odisea espacial,
entre otros-, proponiendo una historia que no tiene nada de original,
pero que condensa y actualiza la problemática de un futuro incierto para
el planeta Tierra.
Publicado originalmente en El Espectador Imaginario, diciembre 2009
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