Los críticos de Cahiers du cinèma,
encabezados por su fundador, André Bazin, no sólo se dedicaron a
denostar ese cine "de calidad", sino que probaron que era posible
realizar un cine autoral, tomando en sus manos el rol de director. Es
sabido ya que la obra de estos jóvenes (Francois Truffaut, Jean Luc
Godard, Jacques Rivette, Claude Chabrol y Eric Rohmer) generó un
movimiento cinematográfico que aún muestra sus huellas en el cine
actual.
Poco antes de que el Festival de Cannes
de 1959 descubriera que estos jóvenes críticos eran, además, verdaderos
autores cinematográficos, aparece en el panorama del cine francés Louis
Malle, que traía una experiencia como asistente de director, editor y
cámara de Jacques Cousteau, con quien filmó, entre otras películas, El mundo silencioso (Le monde du silence,
1956), un documental que obtuvo el Oscar a la Mejor película en su
categoría y que le dio a Louis Malle la Palma de Oro en el Festival de
Cannes. Un problema de salud puso fin a esta colaboración, y a partir de
entonces Malle buscará en la ficción su derrotero fílmico.
En Francia, el cine negro era el
preferido de los jóvenes que acudían a la Cinématèque Française a ver
películas norteamericanas, que serían un verdadero estímulo en la
realización de sus obras. Obras que luego formarán parte de esa
vanguardia denominada Nouvelle Vague.
Ascensor para el cadalso es el
primer largometraje de ficción de Louis Malle y un claro antecedente de
la nueva ola francesa, a la que el autor acompañará paralelamente con
algunos títulos de su extensa obra, sin enmarcarse decididamente en la
vanguardia que integrarán los "jóvenes turcos", como les llamaba Bazin,
inspirándose en el partido nacionalista, nacido de una sociedad secreta
de estudiantes universitarios, que se rebeló contra el sultán del
imperio otomano, tomando el poder durante la Primera Guerra Mundial.
La historia, escrita por Malle y Roger
Nimier, a partir de una novela sin demasiado futuro de Noël Calef,
transcurre durante un fin de semana y nos cuenta lo que le sucede a dos
parejas. Por un lado, la integrada por Julien Tavernier (Maurice Ronet),
un veterano de la guerra colonial en Indochina y Argelia, y Florence
Carala (Jeanne Moreau), su amante y esposa de su jefe, un industrial que
construye armamento. Por el otro, la del joven rebelde Louis (Georges
Poujouly) y Véronique (Yori Bertin), la florista. Unos con su amor
maduro e ilegal, los otros, con su desenfado adolescente, antecedente
posible de la pareja de Sin aliento (Jean-Luc Godard).
Malle pretendía hacer una obra de
suspenso, un thriller. Para ello se inspiró en Robert Bresson, sobre
todo en las escenas del interior del ascensor (donde Julien ha quedado
atrapado luego de haber cometido un asesinato) que recuerdan a Un condenado a muerte se escapa (Un condamné à mort s'est échappé,
1956); y en Alfred Hitchcock, por el determinismo de las acciones de
los personajes; por cómo el azar tuerce el destino y aquello inesperado
surge cuando menos se lo espera (Julien nota que ha olvidado un detalle
imperdonable que lo condenará o la inocencia con que la mujer acude a la
policía, sin darse cuenta que será desenmascarada); o por la presencia
de la gélida y rubia femme fatal.
La escena más famosa del film es la de
la larga caminata de Florence, que busca frenéticamente a su amante
Julien en un recorrido nocturno por las calles solitarias y los bares
multitudinarios de París, en un evidente antecedente de otro personaje,
también interpretado por Moreau en La notte (1961), de
Michelangelo Antonioni. Florence es acompañada en su soledad por la
música sugerente de Miles Davis, quien grabó la partitura en una sola
sesión, junto al baterista Kenny Clarke y tres músicos locales,
interpretando esa improvisación inspirada que sellará la suerte del
filme y dejará una impronta en el futuro movimiento cinematográfico
francés. Además de la música, la fotografía de Henri Decaë, otro nombre
que aparecerá frecuentemente en las fichas filmográficas de la
vanguardia francesa, realizará uno de los aportes más novedosos del
filme, utilizando una película ultrasensible, que le permitió plasmar la
iluminación real de los faroles sobre Champs Elysées.
Y hablando de femme fatal,
debemos decir que el film se inicia con un primerísimo primer plano de
Florence, un diálogo de escasas líneas desde una cabina telefónica, para
entrar de lleno en la acción. Jeanne Moreau ya había actuado en algunas
películas menores, pero será Ascensor para el cadalso la que le
dará a su protagonismo un registro que funcionará como la característica
más fuerte de su carrera interpretativa, muchas veces actuando para
filmes de la Nouvelle Vague.
Ascensor para el cadalso anticipa
el nacimiento de la nueva ola en su sino de modernismo. Su belleza se
condensa en el laconismo de los diálogos, en el acompañamiento musical
que puntea la larga caminata de Florence, en la angustiante trampa
deshumanizada en que se ha convertido el ascensor, en el absurdo humor
que posee la escena del intento de suicido de los jóvenes, en el
esplendor del motel que subyuga a la parejita en su provocativa
exposicion de un nivel de vida inalcanzable o en la escena final, donde
el desenlace es un cierre inesperado a la larga búsqueda de Florence.
Aunque Louis Malle no sea hombre de la Nouvelle Vague, sino más bien un acompañante generacional, Ascensor para el cadalso
es su película más nuevaolera. Hoy, 52 años después, se puede decir que
estamos ante un clásico que mantiene la calidad de su puesta en escena y
la fidelidad hacia el género. Por eso, visto a la distancia y como ya
lo hemos dicho, puede considerarse un claro antecedente de un movimiento
del que aún se sienten sus influencias.
Publicado originalmente en El Espectador Imaginario, mayo 2009.
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