El cine, un juego de niños
Cuando aún no había llegado la televisión a un pueblito perdido en la cordillera mendocina, dos salas de cine se disputaban un público compuesto de obreros golondrina, que entre enero y marzo invadían las calles de tierra, los hoteluchos de mala muerte, los bares oscuros, la iglesia los domingos y, todas las noches, entre trabajo y bar se refugiaban buscando vivir una fantasía en esos dos templos de pesadas cortinas, cerca de 1500 butacas y una gran pantalla blanca que se transformaba, con la oscuridad, en un mundo mágico, que les permitía olvidar las interminables horas de trabajo bajo el fuerte sol del verano, para ser autores de la faena más importante y más pesada de la provincia, la vendimia.
Pasé parte de mis vacaciones infantiles en uno de esos cines. De día, el olor a desinfectante, las butacas de cuero y el pasillo de madera gastada parecían otros, ajenos al mundo maravilloso que, a partir de las 2 de la tarde cobraba vida en la oscuridad, a veces interrumpida por la luz fugaz de una linterna intrusa. En funciones de 2 y 4 se desarrollaban las aventuras donde Tarzán se sobreponía a cuanta traba le pusieran en una selva hostil. Johnny Weissmuller era el actor predilecto de esa masa deseosa de vivir acciones muy distintas a la rutinaria actividad que llevaban a cabo entre los viñedos.
Mis primos y yo, cinco chicos curiosos, traviesos y muy inquietos, éramos encantados por las imágenes de manera tal que pasábamos las horas viendo cómo una y otra vez transcurrían las mismas secuencias, función tras función y día tras día, hasta el punto de conocernos los diálogos de María Félix en Juana Gallo, o pelearnos entre nosotros por repartirnos los roles de Ben-Hur o Messala. La vida de Espartaco o la de María en West Side Story dividían nuestros gustos, al punto de presionar ante nuestros padres para que programaran una o la otra para el fin de semana, cuando se nos permitía presenciar una función más.
La atmósfera se iba poniendo pesada hacia la noche, donde el haz de luz del proyector se recortaba con un humo denso en la oscuridad, y el olor a uva, a alcohol y a sudor hacían más humana la experiencia que se vivía cada noche. El espacio, entonces, estaba vedado para nosotros. Pero como la vigilancia de los adultos se centraba en el espectáculo, lográbamos entrar al escenario, por detrás de la pantalla, donde dos armatostes gigantescos proyectaban sonidos hacia el público. Medio escondidos entre tales aparatos y bastante aturdidos por el ruido, lográbamos ver imágenes casi completas, que no entendíamos por qué eran prohibidas para menores.
Hoy me pregunto qué vería esa gente cuando Jeanne Moreau caminaba por toda la ciudad en La noche, y si realmente la acompañaban en esa triste soledad o si se dormían y drenaban, apoyados en las butacas, el cansancio físico que les había deparado la faena diaria. Tampoco entendía qué tenía de prohibido Rocco y sus hermanos. Alain Delon era el hombre más hermoso de la tierra y por supuesto entonces, Visconti no significaba nada para mí. Sin embargo, es uno de mis recuerdos más queridos, porque aunque no estaba entrenada para leer subtítulos al revés, los personajes destilaban dolor y la historia parecía ser una tragedia que me conmovía profundamente. Pasarían algunos años para que Visconti ocupara un lugar fundamental entre mis predilecciones cinéfilas.
En algún momento, esa gente cansada y nosotros coincidimos, y no sé qué tendríamos en común, aparte de la misma cita todos los días a la misma hora y en el mismo lugar, pero compartíamos el favoritismo por Lawrence de Arabia, Los cuatrocientos golpes, La dolce vita o El sirviente. Renegábamos de Mary Poppins, La novicia rebelde o Mi bella dama. Nuestras preferidas estaban ubicadas en horarios prohibidos y nuestra perspectiva era muy diferente a la de la mayoría, porque desfilaban, frente a nosotros y al revés, imágenes acuñadas por Leopoldo Torre Nilsson, Roger Vadim, Polanski, Glauber Rocha..., y otras de autores menos dignos, pero muy entretenidos.
Crecer con semejante escuela significó mucho para una provinciana en la capital. Buenos Aires se devora a los individuos. Yo conseguí refugiarme en el cine. Busco mi destino, el manifiesto hippie de Dennis Hopper es la primera que viene a mi mente. Alguien voló sobre el nido del cucú, de Milos Forman; El bebé de Rosemary, de Polanski; Cowboy de medianoche, de John Schlesinger; La última película, de Bogdanovich; Alicia ya no vive aquí, de Scorsese; El padrino, de Coppola; El mensajero, de Losey; La clase obrera va al paraíso, de Petri; Solaris, de Tarkovski... son algunos de los títulos que más me impresionaron.
El universo que se abre ante uno en la pantalla era algo que me tenía deslumbrada. Pero el cine me dio una sorpresa más. La militancia política que se acunó en los 60 y que se desarrolló en la década de los 70 vio en el cine un arma. Cuando en la universidad, luego de pasar por identificación y cateo de armas, entramos al salón y, a escondidas, nos proyectaron La hora de los hornos, comprendí que el cine no sólo es un refugio, un mundo mágico, una ilusión y las tantas cosas que se han dicho hasta el hartazgo. Las imágenes del matadero, las del Che, las de una Argentina que sospechábamos, pero desconocíamos, fueron arrojadas a nuestras caras como una cachetada. La brutalidad de las imágenes, la agresión de los textos, el peso del discurso, develaron un aspecto que no había sospechado. El cine como arma, como conciencia, como nostalgia a la que obliga una infancia entre proyectores, más allá de la necesidad de huida de una realidad dura o inconsistente o aburrida. Más allá de todos esos aspectos baratos, el cine cobró vida con una fuerza y una energía que desconocía.
Mucho ha sucedido desde entonces y hoy, en Caracas, el cine ocupa mis horas de trabajo, mis ratos de estudio, mis momentos de ocio y, muchas veces, insiste en instalarse en mis sueños.
Mientras nos duró la ingenuidad, a los chicos que jugábamos entre pasillos, butacas, cortinas, escaleras caracol y una hermosa pantalla, nos carcomía la gran duda de si del otro lado de la tela blanca, del lado en que se ve la película, sospechaban de nuestra existencia, si nuestras siluetas se delataban tras la pantalla o, si acaso, cobraban vida, confundidas en ese mundo de luces y sombras.
Liliana Sáez
Publicado originalmente en Revista Encuadre, N° 58, Consejo Nacional de la Cultura, Caracas, noviembre-diciembre, 1995, pp. 24-25.
No hay comentarios:
Publicar un comentario