17.5.12
Crónica de un niño solo (Leonardo Favio, 1964)
¿Qué tendrá Crónica de un niño solo, la ópera prima de Leonardo Favio, que aunque lleve cerca de diez veces de verla, me atrapa, me subyuga, me seduce, me embruja?
Dedicada a su mentor, Leopoldo Torre Nilsson –para quien Favio representó como actor el eterno papel de joven rebelde de una generación de clase media que sólo se atrevía a mirarse a sí misma–, Crónica de un niño solo incursiona en la infancia marginal, la que se desarrolla entre la villa miseria y el reformatorio, la que convive con el burdel y con la patota.
En lo formal, Favio tiene una audacia a toda prueba, y le queda bien... quizá sea eso lo que me subyuga, su desenfado para filmar picados sobre los chicos o contrapicados sobre la autoridad, o para narrar en tiempo real una fuga que consume casi quince minutos del film, o para detenerse en un plano que no dice nada si no es apoyado por la banda sonora.
El juego de luces y sombras de una composición que se debate entre el encierro (el reformatorio, la cárcel) y la plena libertad (el río, la calle) es un contrapunto en el que las sombras proyectadas en los ambientes cerrados engrandecen las figuras humanas (la del preceptor, la del niño que, castigado, corre sin parar alrededor del salón de "entretenimientos", donde pasan horas vacías los chicos sobre baldosas que hacen las veces de un tablero de ajedrez); o sombras de rejas duplicadas, proyectadas sobre los muros, como para encerrar más aún a la pequeña fauna que se encuentra entre esas cuatro paredes; o la plena luz, casi obscena, de una ventana abierta estampada sobre una pared del reformatorio, como para subrayar más el encierro.
En cambio, cuando el protagonista escapa y disfruta del aire libre, del baño en el río, la naturaleza es representada bucólicamente (el río manso acaricia las hierbas a su paso, los pájaros pían alegremente, los animalitos silvestres viven su libertad con desparpajo, la brisa mece la copa de los árboles...) como escenario de la escena más violenta del film. Ese contrapunto, antes (en el encierro) dado a través de las luces y sombras, y aquí (en la libertad), por medio del contraste de las situaciones tan opuestas, permite connotaciones que me subyugan.
Crónica de un niño solo no es sólo la primera película de Favio, es también la primera de una trilogía, que se completa con Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más... (1966) y El dependiente (1969). Luego Favio se convirtió en cantante, pero no dejó el cine. Su obra posterior también es destacable, pero para mí, nunca volvió a alcanzar el nivel de expresión de su primera trilogía, esas tres películas que contaban historias sencillas, provincianas, en blanco y negro. Ese cine que realizaba, más a partir de la intuición que de la experiencia... Ese es el Favio que yo rescato, que aplaudo y que por más que insista, no termina de cansarme, ni de aburrirme, ni de fastidiarme. Es el Favio más íntimo, más conmovedor, más auténtico.
Liliana Sáez
Publicado originalmente en Kinephilos, 30 de abril de 2006.
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