17.5.12

Cine y dictadura


Años de plomo, noche oscura… son algunos de los adjetivos que caracterizan la etapa de la última dictadura argentina, aquella que cumple hoy, 24 de marzo, 30 años de su inauguración. Yo agregaría, etapa de vergüenza, años de dolor, de terror, pérdida de una generación valiosa…

El 24 de marzo de 1976 estaba estrenando mis 22 años. El cielo se vino abajo como un manto pesado, la bronca y el miedo se peleaban por sobresalir en mi vida, así como en la de tantos otros. La militancia podría haber seguido y quizá hoy sería una “desaparecida” (“No están ni vivos, ni muertos… están desaparecidos”, decía Videla cuando le reclamaban por la gente que secuestraban, torturaban y asesinaban), pero mi vida tomó el rumbo del exilio, junto a mi familia. Nunca sabré si hice lo correcto. Es una duda que carcome a la gente de mi generación que ha sobrevivido. Muchos cargamos la culpa de estar vivos…


El cine ha intentado reflejar esos años en innumerables películas. Todas tocan algún aspecto de la pesadilla. Pero hay algo que ninguna ha conseguido. A mí, personalmente, me interesa hablar de dos de ellas. Una, Montoneros, una historia, porque a través del documental, Andrés Di Tella le da la palabra a una militante que ha sobrevivido, y a quienes vivimos esa etapa de nuestra historia, nos evoca los sentimientos y el sufrimiento experimentado. La otra, Garage Olimpo, una ficción que transmite el horror desde la experiencia de una militante secuestrada.

Las comparaciones son odiosas, pero estas dos películas vienen a mi mente cada vez que se trata de ilustrar esa etapa histórica. La única coincidencia es que, en ambas, la protagonista es una militante; pero el planteo estético, la propuesta ideológica y la resolución son diferentes.

Montoneros, una historia introduce su relato con la presentación de la agrupación peronista que le dio batalla a la dictadura desde la lucha guerrillera. A través del testimonio de Ana, una militante que aún se plantea interrogantes, como la mayor parte de su generación, Di Tella va relatando momentos puntuales de esa época: la muerte de Aramburu, hecho con el que se inauguran los Montoneros frente a la opinión pública; los choques armados; la llegada de Perón en lo que debería haber sido una fiesta, pero que en Ezeiza se convirtió en campo de sangre; el día que Perón trató a la juventud de “imberbe” y la Plaza de Mayo se despobló; la muerte de Perón y el gobierno de Isabel; el golpe de estado del 24 de marzo de 1976… Esa historia, construida a través de los hechos que la caracterizaron, nos permite conocer las vicisitudes que vivieron los militantes, ya sea a través de la narración de Ana, de las imágenes de archivo, de los testimonios de otros militantes, de la identificación con personalidades paradigmáticas en el peronismo.

Por su parte, Garage Olimpo nos cuenta la historia de María, una chica que alfabetiza en una villa miseria. Pero la introducción del relato se hace a través de una joven que coloca una bomba debajo de la cama de un general, padre de su amiga. Planteada así, sin más, pareciera que a la “terrorista” no la impulsara ningún móvil, por lo que no entendemos cuál es la razón de su acción. El film se desarrolla, en su mayor parte, dentro del campo de concentración, donde María será torturada y luego, seducida por su violador. La violencia está presente durante toda la película, en todos los matices posibles: los falsos fusilamientos, el lanzamiento de un militante por el balcón de su casa en un allanamiento, la apropiación de la propiedad de los secuestrados, la solución final… ¿Qué vimos al cabo de una hora y media? El calvario por el que pasa María, los ataques incomprensibles de la guerrilla, la perversidad del que detenta el poder… Sufrimos como locos, salimos destrozados de la sala, pero no nos quedó nada más que la sensación de que todo fue un horror. Y sí, lo fue, pero lo que no dice Garage Olimpo –eso me indigna– es que esa juventud que fue secuestrada, torturada y asesinada…, desaparecida, tenía ideales, y estuvo dispuesta a dar más que la vida por defenderlos.

Por eso hoy, cuando en mi país se debate si el crimen que cometieron los militares de la última dictadura es de lesa humanidad, si las leyes de punto final y de obediencia debida son ilegales, si debe derogarse el indulto que absolvió a quienes cometieron esos crímenes, yo sólo pienso que debería haber justicia por los miles de desaparecidos, por los niños apropiados por la dictadura… y debería haber un cine que fuera verdadero testimonio de lo que en este país sucedió, y no simple ilustrador que sólo toca las teclas más sensibles del espectador.

Liliana Sáez

Publicado originalmente en Kinephilos, 24 de marzo de 2006.

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