17.5.12

La mansión de Araucaima (Carlos Mayolo, 1986)


Debo reconocer que hacia los 90, en mi ignorancia, Colombia sólo era sinónimo de mi ejemplar de Cien años de soledad, la novela de García Márquez, que ha recorrido el trayecto Buenos Aires-Caracas-Buenos Aires, acompañándome como un ángel guardián, con sus personajes inolvidables: José Arcadio, Rebeca, Aureliano, Remedios, Úrsula, Meme y todos sus clones. Nunca Gabo volvió a escribir algo tan genial. Uno de los mayores exponentes del realismo mágico, Cien años de soledad me ha acompañado la mayor parte de mi vida.

En 1992 tuve la oportunidad de conocer algo más de Colombia. Una contracultura llevada de la mano de dos cineastas que se resistían al documental como se había realizado hasta entonces, y probaban sus talentos en la ficción. Ese marzo proyectábamos en la sala de la Cinemateca venezolana la obra de Carlos Mayolo y Luis Ospina.

Pude ver una increíble Agarrando pueblo, con la promesa de, al día siguiente, poder visionar Pura sangre, Carne de tu carne y La mansión de Araucaima. Un esguince en el tobillo me impidió ir a la sala y me quedé con las ganas. Pude volver al cine a ver Oiga, vea, Cali: ayer, hoy y mañana y Andrés Caicedo, unos pocos buenos amigos, que ya he comentado en este espacio.

Desde entonces tenía una deuda con los largometrajes de Ospina y Mayolo. Hace unos días, recibí de regalo La mansión de Araucaima, y ahora es su turno.

Inspirada en una novela de Álvaro Mutis (a quién debo leer, sigo reconociendo mis lagunas imposibles), la película de Mayolo me recordó tres filmes que forman parte de mi pequeña biblia cinematográfica: El ángel exterminador, de Luis Buñuel, Teorema, de Pier Paolo Pasolini, y Ana y los lobos, de Carlos Saura.

Una mansión suspendida en el tiempo es habitada por personajes muy particulares, que viven la cotidiana y agradable rutina que les brinda (y se auto-brinda) la Machiche, una hembra blanca y carnoza que va saltando de personaje en personaje para brindarles placer y, de paso, para presentarlos al espectador. Allí están: el dueño de la casa, el esclavo y el guardián que lo sirven. Pero también han ido cayendo en una especie de trampa que abre la casona, la Machiche, un aviador impotente y melancólico y el sacerdote que se reprime hasta la flagelación.

La llegada de una joven modelo, que ha estado cerca filmando un corto publicitario, nos permite enterarnos que ya no se puede salir de allí (aquí las similitudes con El ángel exterminador). La joven es sangre fresca para todos habitantes, sin excepción. Su juventud comienza a sembrar celos entre los personajes (como en Teorema) hasta el desenlace final.

Es una buena película de un Mayolo joven. Allí están encerradas personas que representan distintas profesiones: el militar, el sacerdote, el político, la prostituta, etc. (similitud con Ana y los lobos). La exuberancia de la vegetación que rodea la mansión, la luz blanca que llena los espacios cerrados de la casa, las miradas de los personajes... dan una sensación de atemporalidad, de ilusión, que pareciera trasladarnos a otro mundo, un mundo con sus leyes propias ("Quien entre no saldrá", "Quien salga no regresará"...), lo cual le imprime cierto misterio a esos seres apasionados y destructivos.

No es una película a la que le haya pasado el tiempo. Ilustra una sociedad que puede ser metáfora de alguna actual. En ella están contenidas las relaciones de poder y los mecanismos de quienes lo ejercen para imponerse. Lo mejor de esta historia, a mi modo de ver, es cómo, a través de esos personajes, de las miradas que se entrecruzan y de las puestas en cámara está representado un determinado orden en la mansión, hasta que llega la joven, que lo trastoca. En el desajuste de ese micromundo, cada uno tomará un determinado comportamiento que, en definitiva, buscará recuperar el equilibrio original.

Liliana Sáez

Publicado originalmente en Kinephilos, 17 de julio de 2006

No hay comentarios: