18.5.12

Ir al cine


Hace nueve años que trabajo con material de archivo. Puede decirse que en el tema que me ocupa, casi no hay fotografía pública y sobreviviente que desconozca. Sin embargo, ayer fui sorprendida por una imagen que no he visto en todos los años que tengo y que me lleva a preguntarme qué ha pasado con nuestra manera de ver cine.

Actualmente podemos ver una y otra vez una película, analizar el desplazamiento de la cámara, la distribución de los distintos elementos en el cuadro, la labor del montaje... gracias a los reproductores de video. También podemos frenar la proyección cuando nos aburrimos, cuando nos llaman por teléfono o cuando tenemos que comer... ¿Qué otra cosa que mal ver una película es eso?


Añoro cuando los cines eran grandes, cuando programabas la ida a ver una película, cuando el cine era un templo y visionar un filme era un acto íntimo. Añoro la oscuridad de la sala, la linterna invasora, la pantalla gigante, los altoparlantes, las butacas duras, las primeras filas para sentirme sola...

Añoro escribir sobre una emoción pasajera, sobre la visión de un sueño que no vuelve, sobre lo que queda de una experiencia tan efímera de la que no puede atraparse ni siquiera una imagen, ni siquiera una línea de diálogo, salvo la que la mente guardó.

Aquellas salas se repartían por el barrio, por la ciudad, por el país, por el mundo... Hubo un tiempo en que podías ver cine en ellas, pero también en un patio del centro cultural, al aire libre; o en un autocine... Lo que yo no sabía es que podías verlo en un tren, cuando no había reproductores de video, sino bobinas y proyectores de carbón... Y era moderno.... Y seguía siendo cine.

Liliana Sáez

Publicado originalmente en Kinephilos, 16 de marzo de 2007

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